El Libre Comercio te hace Mejor Persona

[This is a Spanish translation of “Free Trade Makes You a Better Person,” first published in English at EveryJoe and translated into Portuguese at Portal Libertarianismo.]

Resulta que soy el típico comerciante internacional.

Esta mañana me puse mi saco “Made in Argentina” y mis nuevos zapatos “Made in India” y me subí a mi camioneta “Made in Japan”. Paré a cargar nafta en una estación de servicio británica y conversé con su propietario, un hombre mexicano. Para pagar por todo esto, dicté mi primera clase del día — sobre un filósofo francés, usando un texto traducido al inglés por un polaco-americano e impreso en Canadá — a un grupo de estudiantes, de los cuales la tercera parte proviene de países extranjeros.

Luego, a media mañana, paré a tomar un café. Granos italianos con arábica procedentes de Ruanda. ¡Muchas gracias!

free-tradeCuando los economistas hablan de los beneficios del comercio, hablan de división del trabajo y ventajas comparativas. Ya hace mucho tiempo, Adam Smith usó el ejemplo de una fábrica de broches para demostrar que dividir una tarea compleja en varias partes es mucho más eficiente que hacerla toda por uno mismo. David Ricardo usó el ejemplo del vino portugués y el paño inglés. Debido al clima y a las diferencias en las habilidades de sus fuerzas de trabajo, ambas naciones estarían mejor si Portugal se especializaba en la producción de vino e Inglaterra en la fabricación de paño, y luego ambas negociaban vino por paño.

Comparemos con un ejemplo actual: Un hombre que decide hacerse un sándwich desde cero, debe gastar 1.500 dólares y seis meses de esfuerzo. El sándwich que compraré en el almuerzo me costará 5 dólares y una espera de cinco minutos.

El comercio nos permite ser más eficientes, y cuanto más extensas son nuestras redes comerciales, podremos disfrutar de los talentos de más personas, y a más personas podremos alcanzar con nuestros propios talentos.

Estas consecuencias económicas del comercio son importantes, pero son sólo una parte del valor del comercio, ya que integrarnos al comercio con los demás implica un conjunto de compromisos de profundo valor moral.

Las personas que comercian entre sí, primero tienen que ser productivas. Es decir, tienen que crear algo de valor con el fin de aportar ese algo al comercio. Pensemos en una típica transacción de negocios: Yo crío pollos y traigo huevos al mercado, y tú produces trigo y traes harina. Cada uno de nosotros está comprometido a asumir la responsabilidad por su propia vida al crear su propio camino en el mundo.

Luego, cada parte tiene que efectuar el intercambio de manera voluntaria. Yo elijo ofrecerte algunos de mis huevos a cambio de tu harina. Tú eres libre de aceptar o rechazar mi oferta y de hacer una contraoferta. A continuación, ambos llegamos a un acuerdo y hacemos el intercambio. Cada uno de nosotros está comprometido a tratar con el otro pacíficamente.

Entonces llegamos a un win-win, una relación en la que ambos ganamos, ya que los dos disfrutamos de los frutos del intercambio. Yo me beneficio de la harina que produjiste y tú te beneficias de los huevos que produje. Trabajaste para agregar valor a mi vida, y te ganaste mi pago a cambio. Y yo trabajé para agregar valor a tu vida, y recibo tu pago a cambio. Hay una especie de justicia involucrada en esto: las personas obtienen lo que merecen.

Y finalmente llegamos al orgullo y al respeto. Ser un comerciante es ser alguien que trabaja para agregar valor al mundo, que trata con los demás pacíficamente, y que sabe que él o ella se merece disfrutar de las cosas buenas como resultado, tanto de la riqueza material como de la sensación de logro. Eso es el orgullo. El comerciante también trata a otros comerciantes como individuos auto-responsables con algo valioso que ofrecer y que son libres de seguir su propio camino. Una transacción de mutuo beneficio es una interacción de mutuo honor. Eso es respeto.

Contrastemos esto con el estilo depredador en el mundo de los negocios: los que roban, defraudan o extorsionan. Los depredadores no crean valor. En lugar de eso, dejan la producción a los demás y luego la toman para sí. Un depredador no se gana el camino, y él lo sabe. El orgullo no es posible para él. Tampoco el depredador respeta a sus víctimas. Piensa necesariamente que ellos son débiles, ya que sólo sus debilidades hacen posible que los explote. La depredación es un modo de existencia de mutua deshumanización.Feature_freetrade_2

Lo que es válido para el comercio entre dos individuos cualquiera, se mantiene cuando extendemos el comercio a los mercados internacionales.

Pensemos en todas las cosas que enemistan y enfrentan a las personas: los fanatismos religiosos y políticos, el tribalismo, el sexismo, el etnocentrismo y la terquedad de la que son capaces los seres humanos por cualquier tipo de razones.

Las personas comprometidas con la ética del comercio están comprometidas a evaluar a otros en términos de su capacidad productiva, y no por su color de piel o partido político. Están comprometidas a respetar a los demás como seres auto-responsables, y no verlos como el sexo débil o como idólatras. Están comprometidas a ofrecer lo mejor de sí al mundo y a buscar lo mejor que otros tienen para ofrecer, y no a ignorar tercamente o a restar importancia a los logros de los individuos de otras culturas.

El comercio no es una panacea. Pero sí motiva el comportamiento civilizado, y nos da a todos un incentivo para pasar por alto los prejuicios irracionales que podamos tener.

Este fue el punto de Voltaire cuando señaló — con cierto asombro — que en la Bolsa de Londres, gente de muchas religiones diferentes negociaba pacífica y felizmente entre sí. Fuera de la bolsa, los católicos podrían perseguir a los protestantes, los protestantes podrían perseguir a los católicos y a otros protestantes, y todo el mundo podría perseguir a los judíos, pero dentro de la bolsa de valores los cristianos, los judíos, e incluso algunos musulmanes, intercambiaban sonrisas, apretones de manos y certificados de acciones para beneficio de todos.

Es también por eso que en aquellos lugares más comprometidos con el libre comercio de ideas y mercancías — los históricos puertos libres de Pireo y Amsterdam, las zonas de libre comercio de Hong Kong y Panamá, los centros empresariales como Silicon Valley — es donde encontramos las tasas más altas de participación política, étnica, racial y de género.

El punto es que el libre comercio es bueno a nivel económico y debido también a que encarna un compromiso con ciertos principios morales: productividad y responsabilidad, interacción voluntaria y pacífica, beneficio mutuo y justicia, orgullo y respeto.

Y todo esto tiene implicaciones para varios de nuestros actuales debates sobre política económica: ¿Debemos permitir el libre flujo de ideas, bienes y personas a través de las fronteras? ¿O debemos erigir barreras de censura, aranceles y cuotas de inmigración?

Si complicamos el comercio, no sólo imponemos costos económicos para nosotros mismos y para los demás, sino que también imponemos costos morales erigiendo barreras que hacen que sea más difícil para nosotros evaluar a otros en términos de su creatividad, productividad y logros reales. Y si reducimos el número de relaciones comerciales de mutuo beneficio a través de fronteras nacionales, estaremos facilitando que las personas caigan nuevamente en la actitud primitiva de “nosotros contra ellos”.


[Traducido al Español por María Marty, 2016. Original article in English. Mis otras publicaciones en Español.]

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *